
Una escapada a Grecia, eso sí era un lujo;
los aviones están baratos y los dioses fueron displicentes.
Era marzo y el frío de la noche desmentía mi fuego,
una hoguera de sueños instalada perpetró mi ser.
Releí todos mis apuntes antes de irme; el arte, la filosofía, esa era de Pericles, de sabios discutiendo en la grandiosa Atenas.
Los billetes en la mano parecieron rosas, exhalaban un perfume de ansias y deseos.
A mi lado, una mujer está sentada, me sonríe, dentro de sus ojos hago un hueco, meto toda mi cabeza entre su iris y agradezco al mundo su presencia. Es Atenas y sus muros me confortan, me coge por los pies con toda fuerza, me lleva a unos dominios que no entiendo, a veces, creo que muero en aquel puerto aplastada en el mito o en la historia. Esa mujer que a veces desconozco está posando, le hago fotos y me sonríe agarrada en el mármol derruido. Piso el Ágora y siento ser un trapo entre tanta sombra y me deshago fumando los cigarros que no debo, meditando, husmeando, como un gato en las callejas.



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